Le miré sonriente por encima de las sábanas. Sus ojos grises estaban vacíos y desolados. Mi corazón se partía sólo de verle así, pero si yo me parara a pensar en él me acabaría sintiendo igual. Ni siquiera se había percatado aún de que yo le miraba. Nunca me había llevado bien con él, pero supongo que eran los celos los que me cegaban. Ahora parecía tan obvio lo que mi querido nuestro querido su querido Lucas había visto en él. Era tan bonito. Debajo de esa imagen agresiva y terca se escondía el chico más tierno y vulnerable que había visto nunca y ahora mirarle era como observar una preciosa escultura de cristal resquebrajada y llena de puntas afilidas que acababan clavándose en mi corazón. Pero ahora era mi chico. Era yo el que tenía que poner una sonrisa sobre esos labios carnosos en sus peores momentos. Busqué su mano por debajo de las sábanas y la cogí con fuerza. Notó el contacto, pero permaneció dos segundos más mirando con melancolía hacia la ventana. Después se giró hacia mí y me clavó esos ojos como si fueran un silencioso y desgarrador puñal. Siempre que se daba cuenta de que le miraba o le rozaba me miraba como preguntándome qué era lo qué quería. Me dolía muchísimo ¿No podía simplemente entrar en contacto con mi novio porque me gustaba? Él no lo comprendía, porque no sentía lo mismo.
-Buenos días. - le dije al oído, a la vez que dejaba un beso en su mejilla. Él ni siquiera me sonrió. Noté como algo de ese frío congelador se derretía en su interior mientras susurraba un:
-Buenas... - Seguía pensando en él. No podía quitárselo de la cabeza en ningún momento y yo lo sabía. También sabía que, en el fondo yo le gustaba y que en cierto modo me quería. No sabía cómo, pues nunca parecía responder a ninguno de mis gestos. Yo no soy alguien cariñoso, pero no podía dejar de abrazarle y besarle todo el día. Algo en mí lo necesitaba. Era como si un impulso hubiera permanecido oculto dentro de mí durante siglos y con este cambio hubiera sido liberado. Porque no podía negar que lo que había pasado estos últimos días me había cambiado. Me estaba cambiando. Y cada vez que yo le abrazaba y él, aunque no me lo rechazaba, no me rodeaba con sus brazos, sentía como si alguien hubiera usado mi corazón como alfiletero. Y yo, que nunca he sido de esos que dicen te quiero, sin saber cómo ni por qué no dejaba de decírselo a él. Pero sólo se mantenía en silencio y apartaba la vista. Sabía que jamás sería capaz de quererme como a Lucas, pero tampoco yo podría. Aún así sabía que me amaba... o tal vez sólo intentaba autoconvencerme de que eso era cierto, pero prefiero creer lo primero. Él no me quería como le quiso a él y quizás por eso y por su carácter introvertido ahora le costara ser cariñoso conmigo, pero se acabaría por dar cuenta de que es un hecho que él ya no volverá y entonces se daría cuenta de que me ama y me trataría como merezco. Sabía que yo era bueno para que lo superara -no había gemido su nombre cuando estábamos en la cama juntos y eso era un gran prgreso, ya que lo gemía en todos lados (no de forma erótica, sino más bien como un lamento).
Quizás sólo soy un idiota masoquista, pero algo en mí quería decirle que le amaba, con la esperanza de que esta vez reaccionaría de otra forma, pero en el fondo sabía de antemano que no lo haría. Me senté encima suyo pero debajo de las sábanas que cubrían nuestros dos cuerpos desnudos. Sonreí y le susurré al oído un:
- Te quiero. - él parpadeó a un ritmo diferente, pero ni siquiera me miró y por supuesto sus labios no se separaron para emitir ningún sonido. Me sentí como una mierda, y todo por mi gran ingenuidad. Sus brazos estaban dispuestos a mi alrededor, pero sin tocar mi cuerpo, como si quisiera abrazarme, pero se hubiera echado atrás. Eso ya significó mucho para mí y me arrancó una sonrisa suspirante. Admiré su belleza orgulloso. La visión de su perfecto cuepo bajo el mío me hizo fantasear con la idea de repetir lo de anoche, pero sabía que ahora él no tenía ganas y no me gustaba presionarle. Cogí una almohada y le golpee el rostro.
-¿Au? - preguntó él confuso y sorprendido.
- Venga, arriba cazavampiros. Ya sé que te encanta estar en la cama conmigo, pero soy un hombre muy ocupado y tengo más cosas que hacer. - respondí levantándome con aspecto consternado. Le miré de reojo y comprobé que había esbozado una minúscula y tenue sonrisa cuando creí que yo no le miraba. Por esa pequeña sonrisa había merecido la pena todo ese dolor.